27 noviembre 2008


Normalmente soy yo el que guarda silencio como si escuchara el sermón, el que aplaude al artista entre sorbos de espuma de cerveza y cigarrillos rubios. No sé a qué se dedica el resto de la gente, intuyo que están acostumbrados a ir a campos de fútbol, o bien en el fondo… son irrespetuosos en potencia, sólo que en sus trabajos, en sus casas, en sus parejas, no les permiten ser así. Es malo eso de morderse la lengua, que no es lo mismo que morderse las uñas, lo segundo siempre tuvo un castigo más severo y unas historias más temibles como la de la mujer que de tanto morderse las uñas le salió una garra afilada de águila. Tengo una amiga epiléptica que siempre me ha dicho que su temor más grande es seccionarse la lengua en pleno ataque. Estoy seguro que no vio jamás “Los chicos del maíz” a las 2 de la madrugada cuando contaba con 8 años.


Está bien, han pagado su entrada, en un bar donde no te dejan fumar, sin embargo, hablar no está prohibido mientras el músico canta o se esfuerza, ¿por qué? No lo sé.

Me recuerda a esa sensación jodida de pupitre de colegio, cuando debes aguantarte el orín o un pedo, porque no cabe duda que a pesar de ser algo natural y primitivo también supone una situación de nervios altamente embarazosa para un crío que en la mitad de su existencia ha llevado pañales. Creo que la vida cambia en el momento en el que le pides por primera vez a la señorita que si por favor te deja levantarte para hacer tus necesidades. Yo pocas veces lo hice, es decir, hasta que no lo hice no sufrí mi primer hervor. Así me fue, tengo varias imágenes grabadas en mis pocos recuerdos pero algunas de ellas son de Párbulos (Primaria o Pre-primaria), y sí, efectivamente coinciden con los momentos en los cuales me lo hacía todo encima. No me olvidaré de la acusación de Ana María “la calzaslargas” –Señorita, Javi se ha cagado- ¡Maldita seas zorra!, tú y tu voz de pitiminí, tendría que haberte tirado de las coletas a su debido tiempo. Acababa avergonzado, aunque a lo mejor sólo pretendía que alguien me limpiara el culo. No, no era tan cabrón.

Ahora mientras escribo tengo ganas de ir al baño, quizá de algo más, pero me aguanto, parece que escribo más rápido y jamás hice un curso de mecanografía. En esta habitación hace un frío del carajo, el calefactor está apagado, acabo de comer y de echarme el cigarro, creo que tengo todas las papeletas.

Miccionar es una palabra muy bonita, a mí siempre me ha sonado bien, como si fuera una acción muy distinguida. La descubrí en la adolescencia, es decir, el mismo periodo en el que estoy ahora. Es una palabra que siempre imaginé que fuera otra cosa, una palabra con clase propia de Reyes y demás señores sociales, nunca pensé que fuera algo tan común. Me decepcionó saber el significado, aunque aún hoy me sigue pareciendo perfecta, con una pureza especial. Siempre he sido muy tardío para el aprendizaje y muy precoz para las mujeres, eyaculadoramente hablando. Ya pedí perdón por todo aquello, y sí avisé, excepto una vez que me caía mal. ¡No!, es broma, no soy tan cabrón. Bueno… eso creo.

Plato de hoy: ensalada de patata y espinacas hervidas. Con una cebolla, un tomate de rama, medio pepino, pimiento morrón, maíz, una lata de atún, aceite virgen extra, vinagre de Módena, sal y comino.

Postre: zumo natural de dos naranjas.

Café: infusión de fucus.
Foto: "Cartografía" de José Ignacio Lapido. Concierto en la Sala Sol 9/12/08

24 noviembre 2008

Que no!

Película muy recomendable


Llegó un domingo de otoño, gris y triste en igualdad de condiciones, con una maleta cargada de lágrimas del pasado y una mirada con ganas de un futuro nuevo, olvidándose de todo.
No le importaba no recordar nada, sinceramente la creí, meses más tarde dejé de pensar en las dudas que tanto me han atenazado la existencia, me vi igual que ella entrando en el bar sin esperar nada más que un cortado con leche fría y un cigarrillo rápido.
Así de repente, empecé a hacer el tonto, muecas y dibujos extraños con las manos, saqué al payaso que llevo por dentro y por fuera (como el bifidus) tan sólo por sonsocarle una sonrisa y que avivara esa niñez que nunca debió haber dejado atrás, al menos unos instantes al día. Dolía la humedad y agarraba con las dos manos el café humeándole las gafapasta rojas y la media carcajada. Yo también reía.
Hablamos un buen rato, dos cafés y un pacharán que aún me repite su áspero sabor los domingos, después de comer pollo encebollado; venía de muy lejos, eso decía, aunque luego desveló que sólo estaba a unas 12 de horas de autobús del infierno, eso sí, había viajado tanto… mucho más que yo que una vez estuve en Portugal y de chiripa porque nos equivocamos de cruce, eso sí me había visto todos los documentales de La 2 mientras echaba la siesta. Traté de seducirla con mi torpe mirada sobreactuada de galán del tres al cuarto, no quería más, ni siquiera se me pasó por la cabeza llevármela a la cama, al menos en una semana, ella tampoco. Por entonces, estaba atravesando aquello que he llamado etapa mística, es decir, lo que todos conocemos como pérdida de la libido. Fundamentalmente debió de ser una mezcla de todo, alcohol y drogas tan buenas que son malas. Había atrofiado desde los trece años mi funda mental, el rock & roll también cuenta.
Acudí para paliar este problema (con el que estaba encantado) a un médico zulú, de estos que conoces por la publicidad que te dan al salir del metro, “El Gran Maestro Moustache”. Resultó que no me fiaba, sus dientes estaban tan blanquecinos que pensé que era dentista. Le dejé 50 euros como solía hacer con la sicoanalista y salí deprisa por la puerta nada más ordenarme en un africano muy legible – Quitate la ropa y túmbate en la camilla, amigo-. Me sentía mucho mejor, no se me había pasado por la cabeza pensar que era tan grande, y senegalés! Recordé las benditas palabras de mi compañero de curro: “Javi, como decimos los maricas, ¡nunca digas que esta polla no cabe en mi culo!” Por si las moscas, corrí como Ben Johnson en Seúl, intentando escapar del control antidoping.

Ah, estaba hablando de la bella desconocida, charlamos lo justo una buena temporada, me invité a ayudarla, a ofrecerme como amigo… por si necesitaba algo, a enseñarle la ciudad. A los dos días consiguió un trabajo, serviría copas seis días a la semana en una importante discoteca. Al principio estaba contenta, aunque poco a poco dejé de verla, durante un tiempo. Cada vez me la encontraba más desmejorada. Fue así, una mañana fría de Noviembre cuando apareció por mi currelo para saludarme. La noté cambiada, entonces me fijé y me dijo que sí, que se había aumentado el pecho, una 90, algo normal. En ése momento dejó de interesarme, dada mi predilección por los senos pequeños.
Una noche de verano quedé con dos amigos para salir a tomar unas cañas, pasamos justo por la puerta donde ella trabaja. Allí estaba hablando con dos tanques de seguratas, un camarero mortero y algo distinta. Y no, no se había operado nada esta vez, mis sospechas eran más bien por su expresión disidente, sus movimientos marciales con los brazos, otrora con estilo.
Pasaron meses sin vernos, una tarde calurosa del siguiente noviembre apareció otra vez en el currelo. Entonces me contó que había estado ingresada, que se había pasado con la cocaína. Anteayer volví a llamarla, me contó que había dejado de trabajar en la discoteca, cosa que me alegró profundamente. Le deseé que la vida le diera otra oportunidad y le recordé que lo importante no es saber hacia dónde te diriges sino no olvidar de dónde vienes, las mismas palabras que le dije una noche a la actriz que descubrió mi sexualidad (con aquellas benditas fotos en una playa, de Interviú) cuando me pidió que le diera un beso. ¡Maldita sea, para una vez que digo que no!